En estos días de Cuaresma, asistiremos a los actos, este año muy diferentes a la tradición, relativos a conmemoración de la Pasión y muerte de Jesucristo. El relato de los hechos tal y como lo cuentan las Sagradas Escrituras es todo un profuso ejercicio de reflexión cuando imaginamos lo que se nos transmite, a veces con precisos detalles, que no se deben dejar escapar. En esa tarde histórica de primavera, en el Oriente Próximo, se condensa todo el mandato divino sobre la venida del Hijo de Dios a este mundo. Sufrir, padecer, y morir, como uno más de nosotros, para dar la Vida eterna a la Humanidad. Se ofrece Él mismo como sacrificio para nuestra redención. No hay nada más grande.
Se ha escrito tanto al respecto que recordamos perfectamente las secuencias desde el Domingo de Ramos, donde la gloria mundana se concreta en el recibimiento del Pueblo a su lider', hasta muy poco tiempo después, Jesús es traicionado por uno de los suyos, y condenado a morir como un delincuente. Pasando por los escabrosos episodios de cómo reaccionaron los allí presentes, desde el miedoso olvido de Pedro, por tres veces, hasta el doble comportamiento de los ladrones colgados en la Cruz de al lado. Todo un despliegue de actos grandes y pequeños, pero muy humanos, desde la abyección hasta el heroísmo. Jesucristo nos conocía bien, y no parece sorprenderse ni inmutarse por lo que ve, ni lo que advierte incluso en los que dicen ser sus amigos. Solo la Virgen, su madre, transita con infinito dolor el Via crucis de su Hijo, 'ahí tienes a tu Madre.
En los momentos en que Jesús va a orar al Huerto de los Olivos, se nos relata sus palabras en forma muy concisa, pero con una contundencia colosal porque despliegan, en apenas dos frases, toda una declaración cristiana de vida. Un pensamiento que aplicado de manera permanente en nuestras aflicciones, problemas, angustias, nos abre de inmediato un rayo de luz en esas tinieblas que nos agobian con frecuencia.
Jesús sabe, cómo no, lo que le espera. Y como hombre, el miedo le atenaza, 'Padre, que pase de Mí este cáliz'. Esto es lo que decimos siempre en nuestra vida, ¡Señor líbrame del mal, en el Padrenuestro, en multitud de ocasiones en las que tememos mil cosas que nos pueden ocurrir, en un viaje, en un examen, en una enfermedad, ..Tú Señor, que todo lo puedes, no dejes que nada me pase. Sobre todo lo decimos cuando ya hemos pasado experiencias amargas , o dramáticas, cuando maduramos, porque en la juventud tendemos a creernos inmunes a las desgracias. Los largos años de vida nos muestran con crudo detalle cuánto mal hay en el mundo, a veces, muy muy cerca. Y es muy humano el miedo, la duda, es dificil ser héroe. El cristiano sí, debe pedir al Padre protección, pero......
'No se haga mi voluntad sino la Tuya'.
Cuánta energía de Fe, de entrega, de abandono a Dios hay en esta declaración. Mi voluntad es miedosa, débil, la Tuya es la que me conviene aunque deba pasar por este duro trance. Pero mi confianza en tí es simplemente total. Sé que no me desampararás, que nunca fallas, aunque mis ideas, mis proyectos, mis expectativas sean muy diferentes a las tuyas. Sé que tienes un propósito conmigo, desde el mismo momento de mi creación, de mi nacimiento aquí, y tu no olvidas ni dejas las cosas a medias, hasta nuestros cabellos están contados. Solo, en tu infinita bondad y misericordía, nos pides algo muy simple: ama, hazlo todo por amor, desde lo más grande a lo más pequeño. Seremos probados, cada cual según sus circustancias. Y solo nuestro Padre sabe el significado de cada trance en nuestra particular historia. Es tan facil como confiar en Él. Nada más. Porque El, jamás falla.


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