jueves, 7 de mayo de 2026

LA IGLESIA, MEDIACION Y LIBERACION

 Anselmo Navarrete, Abad emérito del Monasterio Benedictino del Valle de los Caídos, y casualmente, familiar mío, ( primo de mi madre), es el autor de estas palabras que a continuación referiré, en su libro, MEDIACION Y LIBERACION , en la colección Fondo Humano de la Editorial Edicep. Aunque han pasado ya casi 35 años, se mantienen vigentes, y es por ello que las traigo a colación en este blog donde quedará constancia de sus ideas al respecto. 

 

  Así, pues en la parte final del libro, nos encontramos con la reflexión central que venimos a exponer aquí, la de que aunque la Iglesia tiene más de 2000 años, cada día se renueva en su promesa de salvar al hombre, a pesar de las modas o las propuestas de cambios radicales que solo desvirtuarían su núcleo central como mediadora entre Dios y el género humano. Para meditar y asimilar siempre, ya que lo esencial, nunca pierde vigencia:

 Lo cierto es que cada día parece más claro que las ideas y energías a los que el mundo moderno debe lo mejor de su obra, tienen un inconfundible sello cristiano: el sometimiento de la tierra al conocimiento y poder del hombre, el estímulo de todos los talentos humanos al servicio de esta empresa, la creación de los centros culturales que durante siglos transmitieron el patrimonio de la antigüedad, así como de las aulas académicas y universitarias en las que se cultivó la educación y las ciencias humanas que prepararon la posterior extensión del saber y la investigación. Y en otro orden de cosas, los rasgos definidores de la cultura y el humanismo: la primacía de los valores éticos, la categoría de la persona, y el carácter central del hombre en el espacio social, la primera alusión y fundamentación de lo que hoy denominamos derechos humanos, los conceptos fundantes de las relaciones humanas: justicia, libertad, solidaridad, igualdad o paz, la promoción de la moral y del derecho, el valor del trabajo, la comunidad de todos los pueblos, la unidad espiritual y cultural del ámbito europeo.

 La Iglesia sabe también que a pesar de que el cambio pasa por ser la patente del progreso, ambos no son sinónimos. Karl Popper ha aludido todavía recientemente (*)  a la tendencia de ciertos intelectuales a sustituir la atenta inteligencia de los hechos por cualquier falacia inédita: basta creer que se está en el sentido de la historia. No importa la bondad de las ideas con tal de que sean llamativas o novedosas. Sin embargo, en filosofía, como en arte, añade, únicamente el contenido es importante y nunca la novedad. De hecho no todo lo que se mueve está vivo: el viento empuja las hojas secas y las aguas arrastran los deshechos; ni todo marcha en dirección ascendente, hay caminos en declive y hacia el ocaso.

 La Iglesia ha aparecido anclada en el tiempo, aparentemente ajena a sus vaivenes. Pero se trata más bien de la serena permanencia en sí misma de quien es coetánea de todas las generaciones, por ser portadora de una Palabra destinada a cada una de ellas. La Iglesia es contemporánea del "Anciano de día", y lleva consigo la plenitud de los tiempos, de la que es actualmente mediadora. Es el hombre el que se hace anacrónico cuando se niega a entrar en sintonía con el hoy de Cristo en la Iglesia. Tiempo de Iglesia que tiene una determinada elasticidad que no puede ser rota sin quedar fuera de él. También ella se ve precisada a hablar con Cristo de 'mis caminos' y 'vuestros caminos' , de 'mi tiempo' y 'vuestro tiempo', de los que se afirma que no son coincidentes. Esta asimetría deja fuera de juego, en el cómputo final, la supuesta actualidad de lo que se declara contra el logos  que actúa en la historia de la Iglesia. Él es el que dicta lo que pertenece o lo que se autoexcluye de la hora presente, del kairós introducido por el Verbo, cuyo ritmo modula la Iglesia bajo la segura dirección del Espíritu, pese a todas las ineptitudes que se acumulen en ella.

Cuando se conoce el misterio de la Iglesia no hay dificultad en reconocerla como el organismo más joven y dinámico que opera en la historia: en ella VIVE Aquel que es de hoy, de ayer y de mañana. Aquel que constantemente hace nuevas todas las cosas (cfr, Ap 21,5). Aquel que renueva diariamente su vida en la recreación del misterio que le dio origen: la muerte y la resurrección del Señor. Este misterio de Cristo en la Iglesia operante en sus sacramentos, en su liturgia, en su espiritualidad, en su teología, en la sucesión apostólica, no está nunca amortizado. Es una herencia intacta y pletórica, cuya vigencia depende más de una consecuente fidelidad creativa que de su homologación acrítica con los cánones de la cultura imperante.

 Esta perspectiva es la referencia esencial para juzgar si es a la Iglesia a la que se la ha parado el reloj o al hombre al que se le ha vuelto loca su brújula.

 

 

 

 

 

 

(*) el filósofo murió en 1994  

 

 

 

 

 


 

LA IGLESIA, MEDIACION Y LIBERACION

  Anselmo Navarrete, Abad emérito del Monasterio Benedictino del Valle de los Caídos, y casualmente, familiar mío, ( primo de mi madre), es ...