Puedes haber sido bautizado en la iglesia, haber sido criado en la
iglesia, servido en la iglesia, te pudiste haber casado en la iglesia,
muerto en la iglesia, hasta haber sido
velado en la iglesia y aun así terminar en el infierno, quizá porque
estuviste solamente en la iglesia y no en Cristo.
Me llamó la atención este aserto visto en internet, por su contundencia. Y enseguida se le viene a uno a la memoria, cuántos grandes personajes, siempre cercanos al poder, la ambición, la Iglesia, no habrán acabado en ese infierno del que se nos habla en la Biblia. Una cosa son las formas humanas, los intereses mundanos, la burocracia pasajera, y otra muy distinta la vocación de eternidad del alma del hombre, concretada en la vida de cada cual. El mensaje evangélico es siempre claro y meridiano, con palabras claras y parábolas de todo tipo que nos hacen recordar, que solo aquellos actos hechos de corazón, solo los gestos humanos, la acciones desde el amor, son las que cuentan en nustro ranking de 'agradables a los ojos de Dios', las Bienaventuranzas, nos dan más ejemplo de cuándo hacemos méritos ante Él, haciéndolo directamente con nuestros hermanos, los que tenemos a nuestro lado.
Lo facil es la teoría, lo dificil, en especial en algunas circustancias, la práctica. El Papa Francisco lo ha expresado incluso, sin más que recordar en el Evangelio estas contundentes palabras:
Mateo 7:21-23
21 No todo el que me dice: “Señor, Señor”, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos. 22 Muchos me dirán en aquel día: “Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros]?” 23 Y entonces les declararé: “Jamás os conocí; apartaos de mi, los que practicais la iniquidad.”La Iglesia, como comunidad de cristianos es el entorno dentro del cual podemos crecer en la fe y la sabiduria interior, pero en absoluto podemos considerarla como una empresa humana con su normas a través de las cuales 'compramos' nuestra salvación, y no desde luego, a través de las vanidades, propias de toda aventura a la medida de los hombres. La búsqueda espiritual debe ir más allá que considerar los fallos, pecados y defectos de los que la conforman, ya sean simples seglares, obispos o el mismo Papa. No podemos escudarnos en la fragilidad, las imperfecciones de los que incluso seguimos como guías espirituales. El juicio de Dios será personal, y no versará sobre las cosas de los hombres, sino sobre las de Dios.
Es un gran misterio saber para qué estamos cada uno de nosotros aqui. Y más si lo vemos desde la Ciencia, el mismo Universo creado o surgido como dice la Cosmología, casi exactamente para que pudiésemos existir nosotros. Se nos escapa su grandiosidad porque no hay cerebro capaz de entenderlo. Pero no es un sueño, todo se ha hilado para que cada uno de nosotros permanezca en este planeta un tiempo, corto o largo, y dé testimonio de que la vida no es algo meramente físico sino procede de una fuente divina. Desde esta perspectiva, no debemos perder la noción principal de nuestro destino, al margen de la religión, confesión, ritos o experiencias. Debemos jugar nuestras cartas, las que corresponden al sitio y al momento histórico donde hemos nacido, ¿solo casualidad?. Tenemos una misión que cumplir, todos, crecer en el amor, dar en el amor, lo que se hace desde aqui aunque mundanamente, sí tendrá valor para Dios.
Por tanto, la Iglesia, puede ejercer de punto de encuentro, reflexión, guía, por qué no, redentora en nuestros peores momentos, limpiadora de pecados porque asi lo estableció el mismo Jesucristo, es una misión grandiosa y por eso pese a todo, sigue en pié, 2000 años después, pujante y renovadora. Es la mano milagrosa de Dios la que la sostiene, no la de los hombres, a menudo vacilante y debil. Quedémonos con esto.
