No alcanzamos, en nuestro limitado raciocinio, a entender el fugaz paso de los humanos por este mundo, menos en estos tiempos alocados en que el dia a día nos devora en miles de preocupaciones, o problemas, o gozos, o vivencias de todo tipo. Grande el que es capaz de retrotraerse a su interior y hallar en el silencio de su alma, al Ser Supremo que nos da la existencia, y jamás se ausenta si no deseamos perderlo. Él siempre está, sin limites de tiempo, de distancia, de condiciones, de poder sobre todo lo mundano y lo divino.
Sí por qué no, la gran noticia, que pasa increíblemente inadvertida, es que somos Hijos de Dios. No amigos, no seres autónomos, no enemigos ( cosa que se antoja ridicula en sí misma), no seres de otra pasta que pueden ver a Dios de lejos. Somos sus creaciones, llevamos su impronta, a imagen y semejanza, traspasando barreras en los porqués, en el cómo, en el cuando de todo lo que vivimos a partir de nuestro nacimiento. Todas y cada una de las pequeñas y grandes cualidades, talentos, sueños, trabajos, obras, milagros o vivencias tienen su raíz en El, y a El nada se le escapa, aun en las más complejas situaciones de este Mundo, terrenal, y temporal.
Como hijos suyos, como integrantes de su Plan divino, todo lo que poseemos de natural bueno a Él se lo debemos. Nada hay más ridiculo que presumir u ostentar de bienes materiales, o capacidades intelectuales, inteligencia, muchos menos cualidades físicas. Aun cuando creamos ser jovenes, sanos, o fuertes, estaremos siempre a un paso de terminar nuestros días, porque nadie sabe el día ni la hora. Nuestros empeños son siempre futiles, nuestros miedos, inútiles, nuestros sueños, egoismos, o ambiciones, deben acomodarse al 'dejar hacer de Dios. Solo se nos pide una cosa: poner el corazón, en las pequeñas y grandes cosas, todo lo demás, es de este mundo, y no de Dios. y Dios solo nos mirará en las cosas que le son propias: ama al prójimo, ten Fe, no tengais miedo. Esa es la simple receta del éxito en nuestro camino espiritual hacia Dios.
