Con motivo de dos actividades recientes, una reunión en el grupo parroquial sobre parejas cristianas, y una misa de recordatorio del fallecimiento de las madres de dos buenos amigos, escribí los siguientes textos que tienen como nexo común, la divinidad siempre de nuestros actos de amar, dejándonos llevar por la impronta divina que todo amor genuino conlleva. Son breves, espero les guste:
Cuando dos se aman:
En la pareja, el ser humano encuentra la cumbre de su
crecimiento personal. Cuando la elección es libre, y la persona es llamada a su
camino de desarrollo frente a su pareja,
y este amor es igualmente libre y correspondido, entonces estamos
cumpliendo el mandato divino. Sin entrar en causas biológicas, sociales o
antropológicas, incluso políticas, la unión hombre mujer responde a las más
altas exigencias de perpetuación de la especie, de amor fecundo ante los ojos
de Dios, haciéndonos partícipes de su plan divino, y de ese modo, nuestra
existencia cobra un sentido nuevo. Ya en las palabras Bíblicas se acentúa la
diferencia, varón y mujer, como dos caras de una misma realidad. Esta unión,
siempre divina requiere dos esencias diferentes que se hacen una en la
diversidad y única en todo el universo. Esas diferencias tienen un sentido de
completitud mutua, frente a la profunda soledad individual con que nos toca
caminar en la vida. El encuentro con compañero, del otro sexo, es bendecido
ante Dios como regalo del máximo valor, y fuente de eternidad. Entendamos estas
diferencias como espacios donde complementarnos, mejorar, aprender, amar,
compartir y dar fruto. A veces es necesaria una dosis de entendimiento,
comprensión y paciencia, pero es lo que Dios nos regala con solo pedírsela, hagamos
nosotros también algo por nuestra parte. Nos toca crecer, madurar, mejorar y
hacer de nuestra relación, una permanente ofrenda a los deseos de Dios, que nos
ha elegido para entregar nuestro amor día tras día. Y aquí no cabe ni la queja,
ni el resentimiento, ni el egoísmo, sino la lealtad, la fe, la esperanza y la
convicción de que si Dios está en nuestra relación, ésa es indestructible y
eterna.
Amor de Madre :
Si algo encierra el
misterio de la vida, es precisamente su comienzo y su inevitable final. Nacemos a través de una madre, que desde el
primer instante, en el embarazo incluso, vuelca todo su amor en el nuevo ser. El
alumbramiento es un regalo de Dios, el primero de tantos.
Este amor no tiene
comparación con ningún otro. Y así lo experimentaremos a lo largo de todo el
tiempo que disfrutamos de la dicha de la cercanía de nuestros padres. No solemos
ser conscientes de cómo nos salva este amor de la rudeza del mundo. A través de
él, y pese a las limitaciones humanas que siempre existen, percibimos esa luz
maravillosa de Dios alumbrando nuestros caminos. En ella nos desarrollamos, por ella crecemos, vivimos de
su energía y pensamos que siempre estará ahí. Nuestra madre es el faro, la
brújula, la guía, la cura de nuestras heridas en la vida.
Qué terrible es cuando una madre no ama a su
hijo, o un hijo no ama a su madre. Es ir a la contra de los designios de Dios,
y con seguridad, esa luz, se convertirá sin remedio en oscuridad y
sufrimiento. Nuestra madre es la réplica humana de la Virgen María, que Dios
nos entrega como don, una vez más, para nuestro consuelo, y permanente
acompañamiento en los intrincados requiebros de nuestra existencia. El que se
pierde de María, o de su madre, se aboca
a un destino incierto, a un final de desdicha eterna. Por ello nada más
agradable a Dios que devolver todo el amor que recibimos de nuestra madre,
cuidándola, respetándola, ayudando, atendiéndola cuando por inexorable ley de
vida, empiece su declive físico. Como
dice el propio Jesucristo, de este modo, nuestra recompensa será grande en el
cielo. Y también, por inexorable ley de vida, llegará el día de la partida, para
el que nadie está preparado. Esa luz se apaga y de pronto, el vacío se hace
inmenso. Súbitamente hemos perdido las referencias, y la soledad se hace
infinita. Es solo el anuncio de lo que nos espera también a nosotros, la
conciencia de la limitación de nuestro paso por este mundo. Cumplida la misión divina de vida y amor,
nuestra madre parte a la morada de Dios. Y desde esa dimensión que no podemos
ver, pero sí sentir, sigue acompañándonos cerca del Creador, y rogando, e
intercediendo por nosotros.
Nadie conoce los designios a priori de Dios, el por
qué, el cuándo, el cómo, nuestra madre es recibida en presencia del Altísimo
sin que ello signifique que su inmenso amor deje de sentirse cada día de
nuestra existencia. Se podría decir que nuestros corazones se estrechan aún más
en esa tesitura de ausencia, y que sentimos más vivamente, el fuego de ese amor
sin posible comparación. Solo es cuestión de tiempo, solo se trata de dejarse
amar, una vez más. Y amar a pesar de todo, a pesar del dolor. Nuestra
recompensa, encontrarnos con ella, será grande en el cielo.
José Martí, libertador cubano y gran escritor, fue especialmente sensible al amor de mujer. He aquí algunas de sus más acertados pensamientos al respecto.:
- - Sin sonrisa de mujer no hay gloria completa de hombre.
- - La mujer, de instinto, divisa la verdad y la precede.
- - ¿Qué será de los hombres, cuando no puedan apoyar su cabeza en seno caliente de mujer?
- - TODA MADRE DEBIERA LLAMARSE MARAVILLA.
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